jueves, 13 de noviembre de 2014

Cuento: La Princesa Orgullosa

Patrick Kennedy (Irlanda)


NOTA:

Entretenido y simpático, con un toque de cuentos de hadas y una demostración de lo que es el “amor interesado” por decirlo así. Fácil es el amor cuando los sapos se convierten en príncipes… o en reyes.



***

Había un rey muy digno cuya hija era la más grande belleza que podría verse lejos o cerca, pero ella era tan orgullosa como Lucifer, tanto que ningún rey o príncipe habría estado de acuerdo en casarse con ella. Su padre por fin cansado invitó a cada rey y príncipe, duque y conde que él conocía o no para que viniera a su corte para darle una oportunidad ultima. Ellos todos vinieron y al siguiente día después del desayuno ellos se aliniaron en el césped y la princesa caminó a lo largo frente de ellos para hacer su opción.

—¡Este es muy gordo!—, dijo ella, —¡Yo no escogeré a un barril de cerveza!— Otro era alto y adelgado; ella le dijo:

—Yo no escogeré al palo de escoba!— A un hombre de frente blanca ella dijo:— yo no esogeré a la palida muerte!— y con un hombre de mejillas rojas comentó ella: — yo no escogeré a uno con creta como de gallo!

Ella se detuvo un poco antes del último de todos, porque él era un hombre fino de cara y apariencia. Ella quiso encontrar algún defecto en él, pero él no tenía nada notable salvo un rizo de pelo castaño bajo su barbilla. ¡Ella lo admiró un poco, y entonces soltó en burla, —¡yo no escogeré a bigotes e gato!
Así que todos se marcharon y el rey que estaba tan molesto le dijo:

— Ahora para castigar su orgullo, yo la daré al primer mendigo o trovador que llame a esta puerta.— Y, tan seguro como una alcancía un hombre en trapos y melena hasta sus hombros, con una barba roja y espesa por su cara, llegó la siguiente mañana y empezó a cantar frente a la ventana del salón.

Cuando la canción hubo terminado, la puerta del vestíbulo fue abierta, el cantante entró y el sacerdote trajo a la princesa y la casó con el barbado. Ella rugió y gritó, pero su padre no se molestó.

—Allí— dijo él al novio,— están cinco guineas para usted. Saque a su esposa de mi vista, y nunca me permita poner los ojos en usted o su mujer de nuevo.

Él la llevó fuera y bastante triste ella estaba. La única cosa que le daba algo de alivio eran los tonos de la voz de su marido y sus modales corteses.

—¿De quien son estos bosques?— preguntó ella, mientras ellos estaba pasando por uno.
—Pertenece al rey que usted llamó bigote de gato ayer.—
Él le dio la misma respuesta sobre los prados y maizales, y por fin una linda ciudad.
—¡Ah, que necia yo era!— se dijo ella. —Él era un buen hombre y yo pude tenerlo por marido.— Por fin ellos llegaron a una pobre cabaña.
—¿Por qué usted está trayéndome aquí?— dijo la pobre señora.
—Ésta es mi casa,— dijo él,— y ahora la suya.

Ella empezó a llorar, pero ella estaba tan cansada y tan hambrienta que entró con él. «¡Ovoch!» No había ni una mesa puesta, ni un fuego encendido y la obligaron a que ayudara que su marido a encenderlo y preparar la cena, y limpiara el lugar después. Al siguiente día él le hizo ponerse un vestido de algodón. Cuando ella termino se enrojeció, y sin más nada que hacer, él trajo juncos a la casa, los peló, y le mostró cómo hacer cestos. Pero las ramas duras machucaron sus delicados dedos, y ella empezó a llorar. Bien, entonces él le pidió que remendara su ropa, pero la aguja pincho y sangró sus dedos; y ella lloró de nuevo.

Él no podría ver sus lágrimas, así que él compró algo de alfarería y la envió al mercado a venderlas. Éste fue el trabajo más duro de todos, pero ella era tan linda y afligida, y tenía esa buena apariencia, que todas sus cacerolas, jarros y platos se vendieron antes del mediodía, y la única marca de su viejo orgullo que ella mostró fue una cachetada que ella dio a un matón por la cara cuando él intentó agarrarla.

¡Bien, su marido se alegró tanto que él la envió con otro poco de cacerolas al siguiente día; pero su suerte estaba por abandonarla. Un cazador ebrio cruzó montando y su bestia pasó entre su mercancías, y volviéndolas pedazos rotos.

Ella fue llorando a la casa y su marido no estaba nada contento. —Ya veo,— dijo él, —Usted no es buena para vender. Venga, yo le conseguiré un lugar de una sirvienta de la cocina en el palacio. Yo conozco al cocinero.

Así que la pobre fue obligada a tragarse una vez más en su orgullo. Ella se mantuvo muy ocupada. El lacayo y el mayordomo fueron muy atrevidos al tratar de robarle un beso, pero ella revelaba un chillido al primer intento y el cocinero le daba con la escoba al compañero que no lo intentaba ninguna segunda oferta. Ella iba a casa con su marido todas las noches, y ella llevó sobras envueltas en los papeles en sus bolsillos.

Una semana después de que ella escuchó que había gran bullicio en la cocina. El rey iba a casarse, pero nadie sabía quién era la novia. Bien, por la tarde el cocinero llenó los bolsillos de la princesa de la carne fría y budines, y le dijo a ella:

—Antes de que usted se vaya, vamos a tomar una mirada del gran salón.

Así que ellos vinieron a la puerta para conseguir una ojeada, y quién debe salir pero el rey él, tan guapo como, y ningún otro sino el Rey bigotes de gato.

—Que ayudante tan guapa tiene,— dijo él al cocinero,— y baile una ronda conmigo. Si ella lo aprobaba o no, él sostuvo su mano y la trajo al salón. Los violinistas entablaron, y se marchó él con ella. Pero ellos no habían bailado dos pasos cuando la carne y los budines volaron de sus bolsillos. Todos soltaron la risa, y ella corrió a la puerta llorando patéticamente. Pero ella fue cogida pronto por el rey, y tomándola la llevó dentro al salón nuevamente.

—¿Usted no me conoce, mi querida?— dijo él. —Yo soy el Rey Bigotes de Gatos, su marido el cantante de la balada y el cazador ebrio. Su padre me conocía bien bastante cuando él me la dio a mí, y todo fue una manera de quitarle su orgullo a usted.

Bien, ella no supo si estaba con miedo, avergonzada o alegre. El amor era sin embargo más alto, porque ella puso su cabeza en el pecho de su marido y lloró como un niño. Una sirvienta pronto la sacó y la vistió tan fino como las manos y los alfileres podrían hacerlo; y allí estaban su madre y padre también; y mientras la gente se preguntaba quien era la muchacha guapa, sus padres no la reconocieron en sus ropa fina, y el otro rey entró con una corona y tales regocijos fueron hechos allí como ninguno de nosotros alguna vez vio antes.

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