miércoles, 4 de marzo de 2015

Romance: Vestida de muerte


Un poco a la carrera les comparto esta historia. Una especie de intento de romance y terror juntos.

***
Argentina. Medianoche

Antón caminaba sobre el muelle de San Agustín una cálida noche del verano de 1989. Trataba de escapar de las reuniones sociales del fin de semana donde el objetivo era lanzar su mejor sonrisa hipócrita, pero esa noche quería, al menos por un rato, silencio y paz. El silencio comenzó a volverse cortante, y en unos minutos fue reemplazado por un extraño frío imposible de creer en pleno verano. Antón se dio cuenta que contaba con compañía aquella noche.

Unos enormes ojos dorados, hermosos y límpidos como oro, lo observaron. La chica tenía el cabello larguísimo y dorado como toda ella, hermosa sin par y pálida como la misma muerte. No sentía temor, pero sabía que después de esa noche ya nada volvería a ser igual. Esa chica, de unos 26 años, le sirvió de compañía en silencio largos minutos que pudieron ser horas entonces al fin escucho su voz susurrante y casi atragantada:

-¿Cuál es tu nombre?

-Mi nombre es Antón y ¿el tuyo?

-No sé- pareció congestionada, confundida.

-¿Por qué puedo verte?- pregunto sin rodeos.

- No me sé la respuesta tampoco- esbozó una sonrisa que no le devolvió calor a su rostro, pero hizo brillar sus ojos apagados- Eres el único que habla conmigo, nadie quiere estar junto a mí- concluyó con voz sombría y pesada con una especie de mueca enfurruñada.

-Pues ya me tienes de compañía ¿Qué te parece?- Anunció tratando de ser amable- eres un mito.

-Un mito… cuéntame, quiero saber más sobre eso- Insistió ella con curiosidad.

-Las almas perdidas vienen aquí en el último instante de su vida cuando ya no hay nada que los ate a la tierra -comenzó él- este lugar es una especie de ultimo adiós, se acercan en ese último instante para despedirse de la vida. Por eso aquí se respira tanta paz, la gente viene a descansar para siempre. No me preguntes más, porque, como te decía eras hasta entonces un mito.

Ella lo miro por un momento sin decir nada, aunque luego recordó:

-Quería despedirme de un viejo amigo...- comentó con mirada fija en la nada- Fui en coche y luego todo fue borroso… y estuve perdida hasta ahora. Extraño ¿No?

Antón resopló: No tanto…

Ella se mostraba tímida, cautelosa, le costaba abrirse a los demás, pero sin liberarse de sus penas no podía partir; como su abuelo le decía de pequeño; existen días perfectos para morir, esa noche era una de ellas. Tuvo el deseo fugaz de ser su compañero en la eternidad, sin embargo, al pensarlo mejor eso no se le hacía posible. Deseo ser viejo para alcanzar a la muerte más rápido, pero tampoco era tan joven para cometer locuras…

-Antón- murmuró ella- camina junto a mi- al ver su vacilación suplicó- por favor.

Tomo su mano sin dudar y caminaron ajenos al mundo y al futuro, un futuro en el que no caminarían juntos, nunca más.

-¿Por qué el muelle, Antón?

Él observo su rostro con desconcierto- ¿Qué? ¿Por qué en el muelle? ¡Ah!- exclamó-quería escapar de las personas de plástico y estar tranquilo- soltó una carcajada y ella lo imito sin comprender su comentario, eso no era necesario, ella no quería partir. Lo amaba y él también la amo… de nuevo. Recorrieron el muelle y vieron casas, restaurantes, carreteras, ajenos a todo.

-¿Antón?

-¿Sí?

-¿Te irás?

-Sí- con voz temblorosa.

-¿Me quieres mucho? ¿No me has olvidado?

-Sí y no te he olvidado ni lo haré…- repitió con más claridad. Sonrió contenta y sus ojos lloraron- entonces… yo me voy Antón. Soy feliz. Por favor, no me olvides. Ve al hospital y dile papa que lo quiero ¿Si?

Él sintió que moría por dentro pero mostró fortaleza porque le quedaba un largo camino por recorrer y en otro sentido a ella también.

-Antes… llévame a un lugar- esta vez un autobús que pasó en medio de la noche los dejos en las afueras de la ciudad.

-Aquí es…-dijo ella. Encontrarse en ese lugar la deprimía, solo iría allí muerta- pensó con ironía.

El plano era triste y alegre, era espeluznante y asombroso, lo más importante para él era el destino de su pequeña rubia- Hasta aquí me acompañarás, Antón amor mío, gracias por venir conmigo por última vez y acompañarme la mitad del camino, yo siempre te estaré esperando.

-Y yo siempre te querré…Elisa- pronunció su nombre por primera vez en horas, porque al fin podía admitir que Elisa estaba allí con él por última vez, su mujer vestida de muerte- ¿Por qué deseabas venir aquí, Elisa?

-Quería hablar con mamá antes de irme, por si no la veo-suspiro- nunca la visite ni le deje flores. La muerte es inevitable pero me enoje y siempre me negué a venir, como si nunca hubiera existido ¿Quién más que su hija para recordarla? Yo no quise hacerlo porque me dolía mucho- sus ojos estaban llenos de lagrimas- cuando no esté aquí ¿Le puedes dejar flores?

Su respuesta fue firme- Sí.

- Entonces ya vete, no mires atrás ¿entiendes? Ya no estaré.

-Antes un último beso- y ella extendió sus brazos sobre sus hombros besándolo con labios invisibles, no sentía su calidez pero su amor era suficiente. Soltando con lágrimas y una sonrisa dijo adiós.

Y se alejo dejándola sentada entre 2 tumbas observando sólo la que tenía al frente: la de su madre. Se alejó por el escabroso camino, con las tinieblas nublando su paso vacilante, cuando estaba por atravesar el umbral se arrepintió y volvió sobre sus pasos para buscarla. No la encontró. Se quedo allí como una estatua, paralizado y desorientado, todo acabo. Su vida con ella fue desperdiciada, deseo no haber sido tan tonto, haber amado cuando con todo lo que era y ahora estaba allí queriendo a un fantasma, a un recuerdo.

Salió del cementerio con el corazón roto y un pasaje de autobús hacia el mundo de falsedades y dobles caras por doquier, con suerte su fortuna mejoraría y se produciría un accidente en el autobús, y él quedaría hecho pedazos en la caída por la gran cañada. Eso no paso, regreso a su mundo y luego fue al hospital como le prometió a Elisa a enfrentar una realidad que podría ignorar pero nunca olvidar. No te vayas nunca, Elisa.

FIN.


Se supone que la historia queda hasta allí, Elisa se despide y ya, pero este final feliz lo escribí porque no sé, me dio cosa el pobre Antón, así que esta es una opción de final.
Epílogo


Aquella mujer ya no parecía tan débil con ese cabello tan negro y esos ojos tan oscuros. Su piel adquirió un color bronce. De nuevo estaba en casa y no se iría muy pronto. Había recibido otra oportunidad y no la desaprovecharía. Entró un hombre alto y bronceado, de rasgos duros que se combinaban en un rostro atractivo. Él sonrío cálidamente. Ella lo abrazo y con una risita preguntó: Anton… ¿Aún tomas mi mano? Con seguridad él le sujeto la mano: Siempre querida, siempre lo haré.

Elisa despertó del coma 3 meses después de lo contado con anterioridad. No tuvo daños en el tejido cerebral, eso era casi un milagro. ¿Valió la pena? Ella pensaba que sí ahora los dos eran felices, el accidente fue superado, ya no quedaba más culpa y no existía en esta historia un "hasta que la muerte los separe".

C.V.R.W

6 comentarios:

  1. Felicidades Claudia, buen relato. Un saludo.

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    1. Gracias amiga :D un abrazo. Me encanta tu blog.

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  2. Hola guapa!
    Muy lindo relato. Besotes

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    1. Muchas gracias Violeta :D muy chevere tu blog. Saludos.

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  3. ¡Hola! Me gustó bastante el relato. Fue raro, jaja, sobre todo el epílogo, pero me gustó bastante ^^
    Saludos.

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    1. Tienes razón jaja, es que el epilogo lo escribí más que todo por presión social XD. Saludos :D

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