viernes, 6 de marzo de 2015

Cartas de un asesino #6: Nadie


Esta historia la acabo de terminar, habla sobre un adolescente psicópata. La acción es algo rápida, lo hago así porque tiendo a extenderme demasiado y estos relatos deben ser cortos. 
***
-Mira a tu hermano, acaba de ganar medalla de oro en natación. Tú deberías tener más ambición, ser más pila vale. Que fastidio tener un hijo tan quedado – reclamo, haciendo pucheros como si fuera a llorar, la señora Carmen, madre de Rodolfo de 16 años y de Andrés de 13, el chico objeto de sus criticas.

-Carmen…- advierte el padre.

-Ay Antonio sabes que es verdad.- responde la mujer.

Andrés se encoge de hombros como siempre y no responde. Su hermano mayor, sentado a su lado, lo ve con burla, alzando el pecho, mostrando una sonrisa brillante y triunfadora. 

-Mamá no hay que ser duros con el muchacho, ya me tienen a mí, no tienen que meterle tanta presión, además a él ni siquiera le gustan los deportes, bueno…y tampoco otra cosa en particular- El joven se ríe de repente con ganas.

La madre se unió a las risas dándole la razón a su hijo favorito. Era tan hermoso y exitoso que no podía evitar quererlo. Era hijo de una anterior relación, supongo que le recordaba en aspecto físico a su padre biológica del que estuvo muy enamorada. Solo en la apariencia porque a diferencia del hijo el padre era un vago sin futuro que la abandonó al enterarse del embarazo. Su hijo menor nunca le produjo el mínimo orgullo, era un muchacho tan normal...

Andrés de repente se para de la mesa luego estar al menos 10 minutos escuchando los desprecios de su familia y el contundente sonido del silencio de su padre. Su cara está roja por la furia, golpeo la mesa con fuerza y lanzó el plato de comida al suelo, cerca de los pies de su hermano quién se levantó como un reflejo. 

-¡Mira! ¡Siéntate carajito! Tu hermano estaba siendo amable contigo. – le regaña la señora Carmen sobresaltada por el estallido. 

-A mi no me importa un coño lo que mi hermano me diga, me provoca hacerles daño, tanto daño…quiero jugar con sus entrañas- mientras decía estas palabras apretaba las manos contra la madera de la mesa, estaban rojas por la presión, sus ojos marrón claro se volvieron oscuros como una medianoche sin estrellas. 

Antonio, el padre, se alertó. Esto no podía ser bueno. Esos ataques de furia le parecían demasiado conocidos.

-Ven hijo, cálmate. Vamos a hablar. 

-Qué me calme nada, quiero esa perra y su perrito me pidan perdón.

Rodolfo abre los ojos sorprendido. NUNCA su hermano hablaba en ese tono ¡¿Qué demonios pasaba?!

-¿QUE ACABAS DE DECIR JOVENCITO? – Carmen se levantó furiosa, sin embargo la mirada del chico la paralizó. Un sentimiento se apoderó de su cuerpo: miedo. 

-Tú no me consideras tu hijo, yo no te considero mi madre- Andrés comienza a reír de manera maniática.- Eres una simple cosa para mí y quiero que lo vayas comprendiendo desde ahora…perra. 

Rodolfo le dio un puñetazo y lo derribó. Andrés tomándolo desprevenido le dio una fuerte patada en la entrepierna. El otro muchacho comenzó a gritar de dolor, retorciéndose en el suelo. Carmen comienza a gritar. Antonio ya ha vivido este momento y sabe que a partir de aquí nada puede mejorar. 

Andrés debía actuar con inteligencia. Era delgado y alto, no tenía tanta fuerza física, solo cuando se encontraba en este estado solía encontrar a un monstruo poderoso en su interior, pero en otras ocasiones estaría desprotegido. 

Antonio tenía que actuar rápido antes de que algo peor pasara. Se apresuró a buscar un palo de agua que le había traído su compadre de Mérida y mientras Andrés estaba divertido con los alaridos de su madre le asestó un golpe en la cabeza, dejándolo tendido en el sueño. 

Los gritos de Carmen no se hicieron esperar. 

-DIOS MIO ¿QUÉ ESTÁ PASANDO? – Dijo ella con voz sollozante. 

-Carmen hay algo que tengo que mostrarte – le dijo que Antonio sin alterarse – Rodolfo ata a tu hermano rápido. Fuerte y que no se suelte. 

-Pero papá…

-Coño haz caso.

El muchacho se apresuró mientras Antonio subía las escaleras hacia la habitación principal. Se montó sobre una silla y sacó del guardarropa una caja vieja con álbumes de fotos familiares. 

-Mira aquí Carmen, a este muchachito. 

La mujer miró medio fastidiada. 

-Sí, ese eres tú de niño, ajá.

-Te equivocas Carmen, este es mi hermano Eduardo. Tenía un gemelo Carmen.

-No puede ser ¡Tú nunca me dijiste eso!

El hombre resopló y estornudó. El polvo acumulado en los álbumes le hacía mal.

-Eduardo no era un tipo estable, sufría dolores de cabeza terribles que lo convertían en otra persona. Se sentaba en medio de la sala a observarnos a todos. Sin moverse. Daba tanto miedo que cuando ya no lo aguantábamos más papá lo arrastraba fuera de casa, hacia el monte y le daba una golpiza. 

-Que terror – susurró la mujer compungida.

-Sí, pero apenas estaba comenzando –rememoró tragando con fuerza y luego asomándose por la baranda - ¿Está todo bien, Rodolfo?

Un silencio sepulcral. 

-Sí – susurró el joven con voz llorosa- Todo…bien.

Antonio decidió confiar en la respuesta. 

-Bien – Volvió a tomar el álbum- Nosotros teníamos una hermana mayor. Ella siempre se metía con Eduardo. Lo llamaba Don Nadie y decía que se avergonzaba de él. Yo era muy bueno en matemáticas y ciencias y en el deporte no me iba mal. Eduardo sufría problemas de atención y también odiaba el deporte. 

-Me recuerda a alguien- rezongó la mujer. 

-Por dios Carmen, ya cállate – Espetó furioso el hombre – parte de la culpa la tienes tú.

La mujer se cruzó de brazos aunque calló.

-Mi hermana, Sol, le gastaba bromas crueles a Eduardo. Eso cesó cuando a los 14 años él…la mató.

-¡Dios mío! – Exclamó la fémina llevándose las manos a la cara. 

Antonio recordó cuando al entrar al cuarto de juegos encontró a Eduardo sentado en una silla, armando un rompecabezas ensangrentado mientras su hermana con el cuello abierto de un tajo con un cuchillo de carnicero se desangraba en el piso. 

El grito que salió de él fue estremecedor. Algunos vecinos comentan que se escuchó por todo el vecindario. 

Todo pasó rápido, su hermano fue recluido en un centro de salud mental. Un lugar asqueroso, sin cuidados adecuados. Eduardo se suicidó 1 año después de estar allí, se supo que manipuló a uno de los enfermeros para que lo ayudara a cumplir su cometido. Jamás se arrepintió de haber asesinado a “esa perra que no es su hermana”. 

-¿Crees que…él sea así? – preguntó titubeante la mujer.

-Por dios, incluso en estas circunstancias te refieres a tu hijo como “él”. Definitivamente me equivoqué contigo, mírate. Tienes 40 años y todavía sigues aferrada a un amor de tu juventud ¿qué te pasa? Obsesionada con un carajito que agrandaste hasta más no poder y lo convertiste en un arrogante hijo de puta. 

-¡No hables así de Rodolfo!

-Lo hago porque es verdad. Sabes que ese muchacho es como de mi sangre, pero tú te empeñas en hacerle daño y malcriarlo por tus sueños frustrados y estúpidos despreciando a tu otro hijo. 

-Yo nunca…-Dijo la mujer sollozando. Su nariz aguileña estaba roja así como sus ojos. Ella tenía miedo.

El hombre se acercó a calmarla y la abrazó. Era un momento difícil descubrir que tu hijo tenía un toque de psicopatía en sus venas. No era la primera vez que notaba algo raro. El muchachito desde pequeño disfrutaba de torturar animalitos. Las mascotas desaparecían constantemente y en una ocasión la vecina le reclamó que su gato había sido desmembrado y que sus restos le fueron enviados con una nota “con amor de tu admirador secreto”. Todos sabían en el vecindario que a Andrés le gustaba Ana, la hija de esa familia. 

Él decidió hablar en privado con el niño que tenía en ese entonces 10 años.

-Papá, yo no lo hice – le dijo el muchacho con voz glaciar y ojos verdes teñidos de sombras.

Él le regañó y le dijo que esperaba que no volviera a repetirse. Esa noche Antonio no pudo dormir, las pesadillas le recordaban a la escena de su hermano con la ropa manchada de la sangre de Sol.

-Vamos abajo – Le dijo a Carmen – reincorporándose.

Se encontró cara a cara con Andrés, esperándolos al inicio de las escaleras con una sonrisa de oreja a oreja. 

-Papá, mamá, creo que Rodolfo se ha puesto algo mal. 

Carmen abrió los ojos con desespero, negando con la cabeza tantas veces y con tal rapidez que parecía que esta iba a desprenderse. 

-No…no puede ser ¿Qué le has hecho? – grito aferrando los hombres del muchacho de metro sesenta de altura. Corrió desesperada por la casa buscando a su hijo. 

Antonio simplemente se paralizó, las lágrimas se desplazaban por su cara y las escenas de muerte pasaban por su cabeza. Su hijastro…muerto. Sintió una mano suave que limpiaba su rostro: Andrés.

-Tranquilo papá…shhh. Solo quiero asustar a esa bruj…

Un grito atormentado interrumpió sus palabras. 

El hombre salió de su letargo y corrió a ver lo que sucedía. Allí en el jardín estaba Rodolfo, maniatado, golpeado, con mirada ausente…vivo.

Corrieron a desatarlo y el muchacho lloró como un bebé refugiándose en los brazos de su madre. 

-Alejalo ¡ALEJA DE MI A ESE MONSTRUO!

El muchacho de 13 años sonrió fríamente y lo miro fijo. El otro lanzó otro llanto despavorido.

-No, por favor, no. No quise decir eso…hermanito. Yo te quiero mucho, te quiero. Voy a ser bueno, te ayudaré en el colegio. Dejarás de ser un don nadie. Mamá también te quiere ¿verdad mamá? ¿Es así mamá? – Concluyó soltando las palabras atropelladamente y sin aliento. 

La mujer permaneció callada largo rato. Su hijo mayor se aferraba a su vestido floreado y su esposo le miraba nervioso. Le empezaba a doler la cabeza, cerró los ojos y solo vio la cara del pequeño psicópata. 

-Sí…-afirmó entre dientes, tan bajo que casi no podía oírse. 

El muchacho se movió hacía su madre.

-Disculpa Carmen, no te escuché. Dilo más alto por favor. 

Componiendo la cara con una sonrisa falsa y tragándose las ganas de golpear en la cara a ese engendro que según era de su sangre dijo:

-Sí, vamos a estar bien – se levantó del suelo atrayendo a su hijo mayor y con una mano temblorosa acariciando el cabello de Andrés.

Antonio observó la escena un momento. Sabía lo que se avecinaba: él tendría que unirse. Vio la mano extendida del chico:

-Papá, vamos ven. Seamos una familia feliz.

Un aire frío penetró por su oreja, estuvo seguro que era Eduardo advirtiéndole que no se pasara de listo. Se acercó abrazando como pudo a los tres.

-Una familia. 

Hace media hora Andrés Castillo era nadie. Un joven solitario y problemático más, ahora era un salvador, el responsable de la formación de una familia feliz. 

FIN

C.V.R.W

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