jueves, 9 de abril de 2015

Cuento: A través de una chica, oscuramente

James Tiptree Jr


Primero, les cuento que desde hace unos meses empecé a leer sobre este autor, así a lo loco y HOY, hace unas horas lo supe: en realidad ese tal James Tiptree ¡era una mujer! Fue una impresión mayor, esta señora rompió esquemas, es una maestra, una genia. Ciencia ficción es lo suyo y vaya que lo hizo bien Alice Sheldon. Les contaré más de ella en Facebook y publicaré más cuentos. Si no entienden algo de este es simple: estamos en el mundo de la ciencia ficción. 

***
Maltbie Trot estaba acostumbrado a que las chicas se materializaran en su pequeño y lamentable despacho. Por lo general buscaban a otra persona, y sobre todo cuando veían a Maltbie. De modo que cuando la chica se materializó junto al acondicionador de aire fuera de uso, Maltbie apenas retiró los dedos del teclado de su máquina de escribir y esperó.

-F-f-f-f-dijo la chica.
-Busca a Candy, supongo.
-Dios no, busco el lavabo -dijo ella en tono cortante.

-Está en el pasillo, a la derecha. -El gesto de Maltbie le golpeó los nudillos contra la pared. Era un despacho indecente.

-Pero ahora no puedo ir, querido.

Maltbie se chupaba los nudillos.

-¿Por qué no?
-Porque como es obvio estoy en un pozotiempo -dijo ella, con impaciencia-. Tengo que esperar.
Maltbie se quitó las gafas. Ella parecía una apetitosa golosina, con su pelo luminiscente.
-Pero podría ofrecerme una silla.

Maltbie emergió de su única silla y empezó a arrastrarla hacia ella; Candy no era una empresa próspera en materia de muebles.

Mientras la arrimaba a la parte posterior de sus rodillas, todas las ropas de la muchacha se desvanecieron. Maltbie parpadeó y retrocedió. Las ropas reaparecieron. Él se inclinó hacia adelante. Volvieron a desaparecer. Maltbie empezó a mecerse.

-Haría mejor en sacar la nariz, o quedará cogida cuando zumbe. -Ahora parecía más amable. Maltbie sacó la nariz, reflexivamente. Aún podía servirle.

-¿De dónde ha dicho que viene, exactamente?
-Veintidós sentinueve, por supuesto. ¿No hay uno cada tres puertas?
-Ah, AD.
-¿Quién? Ésta es la tercera puerta de este piso, y del lado de las chicas. Lo estudiamos todo de antemano.
-Así que la humanidad no ha sido barrida -dijo Maltbie, lentamente.
-Usted sí. -Ella rió. Ponía en su nariz algo que había sacado de una ampolla rosada-. Perdón -dijo mientras aspiraba-. No quería ser mezquina. -Miró a su alrededor-. ¿Qué hace usted aquí?
-Soy Candy -explicó Maltbie-. Quiero decir, escribo la columna de Dear Candy para los periódicos. -¿Tenéis periódicos?
-Dios no. Pero sé lo que eran. Papeles. ¿Qué es dear candy? ¿Algo de comer? No debo comer nada. Quedaría aquí cuando zumbe. Blop.
-Dear Candy ofrece consejo. Gente con problemas personales. Parejas. Debería preguntarle algo importante...
-¿Quiere decir, un psiconsejero?
-¿Cómo andan las cosas en veintidós sesenta y nueve?

-Embarulladas, supongo. Un desastre. Pero bastante mejor que para ustedes. -Lo miró, muy satisfecha-. Quiero decir, nosotros somos libres. De todas esas supersticiones, me figuro que usted no lo puede imaginar. Escuche, ¿es un psiconsejero?

-¿Y tenéis, mmm, guerra nuclear?

-¿De qué clase? -Los ojos de la muchacha se agrandaron-. ¿No me dirá que aquí hay indios y vaqueros? -Se puso en pie de un salto.

-No lo creo. -Maltbie se inclinó hacia adelante para tranquilizarla. Luego se inclinó hacia atrás-. ¿Y el odio racial?

-Muy bien, supongo. ¿Está seguro acerca de esos indios? ¿No pueden venir hasta aquí? Escuche, Mr. Candy, ¿puedo pedirle un consejo?

-Trot.

-¿Cómo?

-Mi nombre es Maltbie Trot. ¿Cuál es su problema?

-Qué hacer, qué hacer. Yo vengo de una ciudad pequeña, Shago. Quizás la conozca. Estaba en una pandilla y me fui.

-Eso no se lo puedo reprochar.

-Por supuesto. Es un horror. Nadie sabe si está vivo. Entonces me decidí y fui a buscar trabajo. En la ciudad. Y lo conseguí. Quiero decir, la vida es algo más que la pandilla de la universidad, ¿no es cierto?
-Sin duda.

-Entonces encontré ese trabajo verdaderamente interesante en Intercama. ¡Pero la esposa del súper! Empezó a invitarme a cenar en su casa. Usted sabe, conozca a la tribu.

-Eso está bien.

-¿Bien? Una mierda; ella sólo quería casarse conmigo.

-¿De veras?

-Y tanto. Una de las otras chicas me lo advirtió; lo había intentado con ella. La mujer está loca por los niños, entonces trata de tomar una chica nueva y usar su certificado.

-¡Increíble!

-Eso. ¡Perder mi certificado! Si mi madre lo supiera... De todos modos estaba ese hombre. ¿Y sabe usted que era beta?

-¡No!

-Fue terrible. -Ella sacudió la cabeza, haciendo que su pelo se iluminara-. Pero allí estaba él, con el ojo negro; y hubo que cambiar ese plan de la cena en familia. Y bueno, pensé, era lo que había que hacer. De aparearse, nada. Pero cuando llegué vi al alfa. Oh, sí, no lo demostraba; pero yo sabía que era alfa. En Shago tenemos algunos.

-Ah... ¿Qué es un alfa?

-¿Un alfa? ¡Cómo! ¿Qué dice usted cuando todos los hombres se arrastran por todas partes excepto uno, al que atienden todas las mujeres?

Maltbie reflexionó.

-¿Un harén?

-¡Vavummm! -chilló la muchacha, haciendo que sus ropas se desvanecieran, con un exuberante despliegue de su cuerpo que parecía connotar aprobación.

-Puritanos -dijo, mostrando unos tímidos hoyuelos mientras sus ropas retornaban.
Maltbie pudo ver que era una muchacha bonita.
-Pero de todos modos hice la prueba -prosiguió con sencillez-. Incluso salí un tiempo con algunas idents, ¿sabe? Su psiconsejero les recomendó que me incluyeran. Ellas creían que yo me adaptaba. Pero psch, no pensé. Quiero decir, ¿ser la única non-ident?
Ellas se entienden bien sin más.
-Y no es bueno para usted, desde luego -dijo Maltbie.

-Me alegra que esté de acuerdo. Y también probé con un par de tribus de trabajo. Pero psch, están como muertos, es peor que en casa. Bueno, tal vez podría haberme casado con uno, personalmente, quiero decir. Pero se ocupan de... -bajó la vista- bueno, petróleo. Quiero decir, no tengo nada en contra, pero eso no es para una chica, ¿no le parece?

-Supongo que no -dijo Maltbie. Advirtió que su cabeza se bamboleaba un poco, y se enderezó-. No para una chica encantadora como usted.

-Una mierda -dijo ella delicadamente-. ¿Sabe que me estoy volviendo vieja?
-¿Qué edad tiene?

Ella miró nerviosamente a su alrededor.

-Diecisiete. Casi dieciocho, ¿comprende?-susurró.
-Oh. ¿Y ha ido a la universidad?
-Por supuesto, ¿bromea? Pero escuche lo que quiero preguntarle. La oportunidad que tengo ahora es un grupo grande de reinas. Si no acepto, debo regresar. A Shago. ¿Qué piensa?
-Un grupo de reinas... ¿Puede decirme algo más?
-Bueno, tienen una casa grande... Y dos leóstatos, eso no podría ser mejor. Aunque, desde luego, son un poco viejos.
-¿Cuántos son?
-¿Cómo? -Se movió un poquito-. Psch, querría que esa cosa zumbara de una vez, así puedo ir al lavabo. Oh, las reinas, lo normal. Ellos y los cuatro chicos y dos heleros y cinco chicas, de otro modo no me hubieran llamado, ¿verdad? Lo único malo con las reinas es que una tiene sólo dos maridos reales. Pero son tan buenos con los niños, usted sabe.
¿Qué le parece?
-Bueno, no estoy seguro de que mi experiencia, realmente...
-¿Con quién está casado?-preguntó ella.
-En verdad, soy soltero... eh, ¿qué ocurre?
Ella estaba de pie, aparentemente con náuseas.
-¿Por qué salta así? Quiero decir, si...
-Pervertido. ¡Cómo puede decirlo así!
-¿Soltero? Eso significa sólo que no estoy casado, aquí es perfectamente correcto. Y en verdad, algunas chicas prefieren...
-Basta.
Ella volvió a hundirse en la silla.
-Las cosas que se ven. Oh, los mataría.
-Yo...
-No me hable. -Le volvió la espalda.
Maltbie abrió y cerró la boca un par de veces. Finalmente dijo:
-¿Le molesta si termino de escribir mi artículo? Estoy retrasado.
Ella apretó el mentón.
Maltbie volvió a ponerse las gafas y examinó la hoja escrita, de pie. Cuando buscó una carta nueva en la pila vio que ella miraba la hoja. El despacho era suficientemente pequeño para eso.
-La gente le pide consejo a usted -dijo ella, desde el espacio exterior-. «Querido Candy, hace dos semanas mi marido me dijo que...» No puede ser. -Ella se pasó la lengua por los labios-. Por supuesto, no saben quién es usted.
-No -reconoció él. Dejó de escribir.

Ella alzó la barbilla.

-Inmundo -dijo al cielorraso-. Me da asco. Ya se ve lo que son las grandes ciudades. Ahora comprendo. El grupo de reinas no me serviría de nada. Nunca. Ni siquiera con los leóstatos.

Él volvió a quitarse las gafas.

-Bueno, me alegro de que, en conjunto, esta experiencia le haya servido de algo.

-Y tanto. -La voz de ella era nuevamente normal-. Creo que había perdido el sentido de la orientación, ¿sabe? Dos heleros y seis chicas. Puede ser que eso esté bien en la ciudad. Pero no es para mí. Volveré a Shago. Mi madre me dijo la semana pasada que mi vieja pandilla todavía no había tomado a nadie.

-Me alegra saberlo. Sin duda, a la larga, lo más realista debe de ser la vieja pandilla.
-Son chicos vivientes -dijo ella-. Quiero decir, en la vida hay algo más que leóstatos.
-Así es. Y ahora que volvemos a ser amigos, ¿puedo preguntarle...?

Hubo una ráfaga de nada. Estaba solo en su despacho.

-Pero si oí voces. -El portero abrió y metió su cabeza de zorro-. ¿Adonde se ha ido?
-Al lavabo.

La cabeza desapareció.

-Oiga -dijo Maltbie, quejumbrosamente-, ¿no podría prestarme una silla?

FIN


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