miércoles, 11 de noviembre de 2015

Relato: Perder la cabeza

Wilfredo Machado



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En definitiva y en contra de toda lógica del mundo, siempre será difícil hablar con un hombre sin cabeza, si uno no entiende el lenguaje de las señas. Tal vez por esta razón suelen ser tan expresivas y llamar tanto la atención de los transeúntes en la vía pública. En el metro se acomodan entre las rodillas de sus antiguos dueños y se duermen con el suave vaivén de los vagones que viajan a ciudades sombrías y lejanas.

Extrañan antiguos ademanes del cuerpo, sus defectos secretos e irremediables que ocultan los otros. Las cabezas son solitarias y taciturnas por naturaleza. Se entregan al ocio de pensar en el mundo como una paradoja de incertidumbres. Hablan a solas consigo misma como si despertaran de un largo sueño y se lamentan de su extraña situación, que ellas acreditan pasajera y producto de maleficios o venganzas de otras cabezas parlantes.

Cuando cruzan las llanuras amarillentas y ven los extensos sembradíos de cabezas recién cortadas que sobresalen sobre los campos de girasoles, piensan que este año la producción de cabezas cortadas superará todas las expectativas.

A veces intentan murmurar muy quedo, casi un susurro al oído del hombre que las acompaña, pero éste, como siempre no las escucha, porque, si existe algo peor que perder la cabeza es, con toda seguridad encontrarla.

FIN


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