lunes, 14 de diciembre de 2015

Cuento: ¡Salvada!

Guy de Maupassant


Un cuento sobre los planes que hace una mujer para deshacerse de su esposo en unos "simples pasos". Una historia muy divertida.


****

La marquesita de Rennedon entró como una bala que traspasa un cristal, y sin decir palabra soltó la risa, una risa estrepitosa como la de un mes antes, cuando anunció a su amiga que había engañado a su marido para vengarse, nada más que para vengarse y solo una vez, porque su marido era ciertamente demasiado simple y demasiado celoso.

La baronesita de Grangeria dejó caer sobre el sofá el libro que estaba leyendo y miró a su amiga, curiosa, con la risa retozando también en los labios.

Al cabo preguntó:

—¿Qué has hecho de nuevo?
—¡Oh! amiguita, amiguita...Es muy gracioso, muy gracioso. Suponte que ya estoy salvada ¡Salvada! ¡Salvada!
—¿Cómo salvada?
—Sí, amiguita, ¡salvada!
—¿De qué?
—¡De mi marido! ¡Salvada! ¡Libertad! ¡Libre! ¡Libre! ¡Libre!
—¿Cómo libre? ¿Para qué?
—Para divorciarme. Sí: ¡El divorcio! ¡He asegurado el divorcio!
—¿Te has divorciado?
—No, mujer; todavía, no. ¡Qué tonta eres! Un divorcio no se realiza en tres horas. Pero ya tengo las pruebas... Las pruebas... Pruebas de su engaño... Le sorprendí en flagrante delito... ¡Ya lo tengo!

—iOh! Explícamelo. ¿Te engañaba?
—¡Sí!... Es decir, no ... Es decir, no y sí... No lo sé. En fin: tengo las pruebas, y esto es lo esencial.
—¿Cómo hiciste?

—¿Cómo lo hice? Ahora verás. ¡Oh! Fui astuta, pero muy astuta. Hacía tres meses que me resultaba cada día más odioso, insoportable­mente odioso, brutal, grosero, déspota, innoble. Reflexioné: “Eso no puede seguir así; necesito divorciarme”. Pero ¿cómo? No era muy sencillo. Hice lo posible para que me pegara: no pude conseguirlo. Me contrariaba constantemente obligándome a salir, cuando yo no quería salir, y a quedarme cuando no quería quedarme; así me castigaba por mis provocaciones, haciendo insoportable mi existencia, pero sin tocarme un pelo.

—Entonces traté de averiguar si tenía amantes. Tenía una, pero tomaba mil precauciones para ir a su casa; y estando en su casa, era imposible sorprenderlos juntos... Adivina lo que hice.
—No lo adivino.
—¡Ah! No lo adivinarías por mucho que pensaras. Rogué a mi hermano que me proporcionase una fotografía de aquella mujer.

—¿De la amante de tu marido?

—Sí. Le costó a Jacobo trescientos francos; el precio de una... conferencia, desde las siete a las doce de la noche con cena y todo; a sesenta francos la hora. La fotografía se la regaló.

—Me parece que la hubiera conseguido más barata valiéndose de una estratagema cualquiera y sin..., sin... verse obligado a cargar con el original.

—¡Oh! Es una mujer muy bonita: no le disgustaba esto a Jacobo. Y, además, yo necesitaba detalles de su persona, detalles físicos de su cintura, de su pecho, de su color. ¡Muchos detalles!

—No le comprendo.

—Ya verás. Cuando tuve conocimiento de todo lo que me hacía falta saber, fuimos a casa de un... ¿cómo le llamaremos? De un... hombre de negocios... Ya sabes... Uno de esos que facilitan toda clase de asuntos... Agentes de... publicidad y de complicidad... Ya entiendes.

—Sí, casi, casi. Bien, ¿y qué le dijiste?

—Le dije, presentando aquel retrato de Clarisa (la de mi marido se llamaba Clarisa): “Caballero, necesito una doncella de labor que se parezca lo más posible a esta fotografía. Que sea bonita, esbelta, elegante y aseada. Pagaré lo que me pidan, aunque me cueste diez mil francos. La necesito para tres meses nada más.” Al oírme aquel hombre, se quedó muy sorprendido y me preguntó:
—¿La señora quiere una doncella irreprochable?
Me ruboricé para responderle:
—¿Irreprochable? Irreprochable, sí; que no me robe.
Insistió el agente:
—¿Y en otro aspecto?

No me atreví a contestarle, pero hice con la cabeza un movimiento que significaba: no. Al punto comprendí que aquel hombre tenía una sospecha desagradable, y exclamé sin poder contenerme:

—Oh, caballero..., es para mi marido..., que se burla de mi... que tiene una amante; y pretendo..., pretendo llevarle a casa una mujer tentadora... Ya lo comprenderá usted..., para sorprenderle...

Al oírme, aquel hombre no pudo contener la risa, y en su manera de mirarme entendí que ya no sospechaba nada horrible; al contrario, me suponía muy astuta. Hubiera yo jurado que aquel hombre hubiera dado en aquel instante algo bueno por estrecharme la mano. Me dijo:

—Antes de ocho días procuraré a usted lo que pide, señora. Y si no le sirviera la que le envíe, la reemplazaré con otra. Yo respondo en absoluto del éxito, y sólo cobraré cuando se haya conseguido lo que usted se propone. Esta fotografía ¿es el retrato de la señora en cuestión?
—Sí, caballero.
—Una hermosa mujer, de las que parecen delgadas y están llenitas. ¿Qué perfume?
Al pronto no comprendí, repitiendo él la pregunta. Sonrió y dijo:

—Sí, señora; el perfume acostumbrado es muy esencial para seducir a un hombre, porque le despierta recuerdos inconscientes que le predisponen al deseo; el perfume estimula sensaciones vagas y sentimentales en su espíritu le turba y le acosa, recordándole sus placeres. También sería conveniente saber los manjares que lo atraen con más frecuencia al señor cuando come con su amante, para servirlos el día en que se le prepare la sorpresa. ¡Oh señora, le tenemos pescado, no se nos escapará!

Me fui muy contenta, porque había tenido la fortuna de tropezar con un hombre muy perspicaz.

A los tres días llegó a casa una mujer morena, joven, muy hermosa, con expresión a un tiempo modesta y atrevida, pero con aspecto avispado. Estuvo muy discreta conmigo. Como yo no sabía quién era, la trataba de señorita, hasta que ella propuso:

—La señora puede llamarme Rosa, de hoy en adelante.
—Bien Rosa... Y... ¿lo acepta con gusto?
—Sí, señora; ya estoy acostumbrada. Es el octavo divorcio en que intervengo.
—Perfectamente. ¿Qué tiempo calcula usted necesario para... eso!
—¡Ah señora, dependerá del temperamento del señor! En cuanto lo observe cinco minutos, podré precisar exactamente.
—Lo verá usted enseguida; pero le anticipo que no es un guapo mozo, ni siquiera un hombre agradable.
—Eso no importa, señora; ya he separado otros muy feos. Lo que sí me importa mucho es conocer el perfume...
—La Verbena.
—Mejor que mejor, señora; es un perfume que me agrada. ¿Podría decirme la señora si la amante del señor usa camisón de seda?
—No, de batista, con encajes.
—Debe de ser una persona distinguida. Los camisones de seda se han vulgarizado ya mucho.
—Es cierto.
—Bien, señora; voy a empezar mi tarea.
Así fue; comenzó a servirme como si no hubiera hecho en su vida otra cosa. Una hora después llegó mi marido. Rosa ni alzaba siquiera los ojos para mirarle; pero él clavó en ella los suyos, atraído por el perfume Verbena.

En cuanto estuvo solo conmigo el marqués, me preguntó:
—¿De dónde ha salido esa joven?
—Es mi nueva doncella.
—¿Quién la trajo?
—Me la recomendó la baronesa de la Grangerie, dándome bonísimos informes.
—¡Ah, es una hermosa muchacha!
—¿Te parece?
—Sí; como doncella es muy hermosa.
Yo estaba satisfecha; mi marido había picado ya en el anzuelo. Aquella misma noche Rosa me dijo:

—Puedo prometer a la señora que todo se conseguirá en menos de quince días. El señor es muy fácil.
—¡Cómo! ¿Ya lo ha probado?
—No, señora; pero se advierte al punto. Ya tuvo tentaciones de darme un beso al pasar junto a mí.
—Pero ¿no le dijo nada?
—No, señora; sólo me ha preguntado mi nombre, para saber si mi voz era también agradable.
—Perfectamente, Rosa. Cuanto más le apresure, mejor.

—Descuide la señora. Resistiré nada más el tiempo justo para no desmerecer a sus ojos.
Al cabo de ocho días, el marqués apenas ponía los pies en la calle. Yo le veía rondar por la casa toda la tarde, y lo más significativo para el asunto era que me dejaba salir a todas horas. Yo estaba fuera casi todo el día para... dejándole solo y libre.

—Ya está, señora. Hoy por la mañana.
Me sorprendió, y hasta me impresionó un poco, sobre todo por la manera de participarlo. Murmuré:

—Y..., y... ¿quedó satisfecho?
—Satisfechísimo. Hace tres días que me asediaba ya de un modo apremiante; pero no quise precipitarlo. La señora me advertirá cuando prepare la sorpresa.
—Sí, sí. El jueves ¿podrá ser?
—El jueves; ya está dicho. Hasta ese día huiré al señor, para que se ponga ansioso.
—¿Está usted segura de no errar el golpe?
—Segurísima. Prepararé al señor de tal modo, que sucederá en el momento que a la señora le convenga.
—A las cinco en punto.
—Bueno; a las cinco en punto. Y ¿en qué sitio?
—En... mi alcoba.
—Perfectamente.

Ya comprenderás lo que hice. Fui primero a buscar a sus papás; luego, a mi tío Orvelín, el magistrado del Supremo; después al juez Raplet, el amigo de mi marido. No les advertí acerca del espectáculo que iban a presenciar. Les rogué que se acercasen, andando de puntillas, hasta la puerta de mi alcoba. Y a las cinco en punto... ¡Ah! ¡Cómo latía mi corazón! También había hecho subir al portero, para tener un testigo más. Y mientras la campana del reloj daba las cinco, de pronto abrí la puerta. ¡Oh! ¡Qué acierto! Estaban en lo más culminante, hija mía. ¡Si hubieras visto la cara de mi marido cuando se volvió!... Porque se volvió a mirarnos, ¡el imbécil! ¡Ah! Fue un lance divertidísimo. Yo reía..., reía... Papá, enfurecido, quería golpear al marqués, mientras el portero, siempre sumiso, le ayudaba a vestirse..., delante de nosotros... ¡Que broma! Y Rosa, estuvo incomparable... Lloraba..., lloraba perfectamente... Conmovía. Es una muchacha insustituible... Si la necesitaras alguna vez, acuérdate. Aquí me tienes; he venido a participártelo inmediatamente. ¡Ya estoy libre! Viva el divorcio!...

Y se puso a bailar, saltando como loca, mientras la baronesita murmuraba:

—¿Por qué no me invitaste a ver eso?

FIN


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